miércoles, 10 de agosto de 2011

Un comienzo

 Sam Beckhood estaba sentada en el suelo de su habitación con el libro de Historia entre la piernas. Tenía los ojos cerrados y los dedos en las sienes, intentando memorizar. Nada. Ni una palabra. Ni una fecha. Ni una frase. Estaba claro que no acertaría ninguna pregunta en su examen de mañana de la Revolución Industrial.

-¡Maldita Revolución Industrial! ¡No sirve para nada estudiar algo que ocurrió hace décadas! ¿Para qué me va a servir!-. Sam se lamentaba en voz en alta. Tenia el pelo delante de la cara, debido a que cuando se alteraba se revoloteaba el pelo de manera inconsciente.

 La luz de una tarde de enero se filtraba por la ventana de su pequeña habitación. Sam se levantó dejando que el libro de resbalase de sus piernas y se doblasen algunas páginas. Se asomó a la ventana e intentó no pensar en el examen del día siguiente, aunque no podía evitarlo, tenía un nudo en el estómago. Miraba las distintas casas de la calle, todas muy parecidas, pero sin embargo todas muy distintas a la vez.

  -"Our song is the slamming screen door..."-. La canción de Taylor Swift sonaba desde el móvil.- ¿Diga?-. Hubo una pausa-. ¡Ah! Hola Liz

 -Tiaaaaaaaaaaaaa, muy fuerte, repito MUY FUERTE-. La voz de su amiga sonaba muy entusiasmada y se escuchaban de vez en cuando una risita tonta-. Jamás vas a creer a quien he visto hace nada andando por St. John hace un segundo en dirección hacia tu casa

 -Mmmm, ¿a quién?-. Sam se mostraba desinteresada, sabía que su amiga Liz le gustaba exagerar y hacer dramas por cualquier cosa.
 
-Uiiii. De haber sabido que iba a tener este recibimiento e interés habría llamado a mi abuela. ¿Qué te pasa chica?
 
-Nada, estoy cansada...llevo toda la tarde estudiando para nada porque mañana suspenderé historia.

-¿Cómo vas a suspender historia si maña...-. Liz se quedó callada y de pronto fue como si acabase la cuenta atrás de una bomba a la que que le quedaban escasos segundos para explotar-. ¡Ay! Mierda mañana hay examen de historia, y yo aquí preocupada por comunicarte que he visto a James Scott ir hacia tu casa. Te dejo. Chao. Besos.

 -¿QUE HAS VISTO A QUIEN?-. A Sam le dio un vuelco el mundo entero. Pero ya era demasiado tarde Liz había colgado y la había dejado a ella sola con una noticia así de sopetón.

 Sam se hechó sobre su cama, había colgado sobre su techo inclinado, en la parte más baja, un póster que le había regalado su tía de la ciudad de Nueva York. Las luces en blanco y negro de la imagen parecían iluminar más que nunca la habitación. "¿Qué demonios hace James Scott viniendo hacia mi casa? ¿Alguien me lo puede explicar? ¡Que vergüenza!" Sam oía a lo lejos a su hermana reírse, aquella tarde una amiga suya había ido a casa a jugar con ella.
 Se levantó de su cama rápidamente y calculó el tiempo que quedaba. "Vale de St. John a mi casa hay unos diez, ocho minutos andando y Liz me ha llamado en cuanto lo ha visto. Supongo que tengo aún cinco minutos" Se colocó delante del espejo que había en una de las esquinas del cuarto y se miró. Vale. No estaba tan mal. Al menos, lo suficiente como pare recibir al chico más guapo de todo cuarto: Su pelo ondulado color pan caía sobre sus hombros, algo abierto pero no importaba, sus pecas no parecía tan horribles como otros días y aquella tarde no tenía ojeras, es más sus ojos verdes brillaban con más fulgor. Y es que, aunque a Sam le fastidiaba un poco, tenía que admitir que le hacía ilusión que James fuese a su casa.